“Si el Señor no edifica la casa, de nada sirve que los edificadores se esfuercen. Si el Señor no protege la ciudad, de nada sirve que los guardias la vigilen.” Salmos 127:1 RVC
Toda gran construcción comienza de la misma manera: con rendición. Antes de que se coloque el fundamento, que se ponga un solo ladrillo y se trace el primer plano, el constructor debe decidir quién estará a cargo del proyecto. Lo mismo sucede con tu vida. Cada año, las personas tienen sueños, esperanzas y planes, y eso es algo bueno; pero si Dios no es quien dirige el proceso de construcción, podemos encontrarnos agotados, frustrados y preguntándonos por qué nada parece permanecer firme.
El Salmo 127 nos recuerda que toda casa edificada sin Dios tarde o temprano se derrumba, no porque no te hayas esforzado lo suficiente, sino porque no fuiste diseñado para ser tu propio constructor. Fuiste creado para depender de Él y solo de Él. Cuando rindes tus planes, tu tiempo, tus temores y tus resultados a Dios, no estás perdiendo el control; estás invitando una fuerza sobrenatural, sabiduría y dirección divina que jamás podrías producir por ti mismo.
Rendirse no es perder. Rendirse es comenzar desde el único lugar donde tu vida puede ser verdaderamente edificada: a los pies de Jesús.